Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Bien estaba eso de decir «bébeme», pero una niña tan precavida como Alicia no iba a bebérselo sin más. «No —se dijo—, primero habría que ver si indica o no veneno», porque había leído varias historias muy bonitas de niños que fueron quemados vivos o devorados por bestias salvajes y demás cosas desagradables, y todo por negarse a recordar los sencillos preceptos que amistosamente les habían inculcado. Por ejemplo: que un atizador al rojo vivo quema si se lo sostiene por mucho rato; o que si uno se hace un corte muy profundo con un cuchillo en el dedo, por regla general sangra, y que (eso Alicia no lo había olvidado) si uno bebe mucho de una botella que pone «veneno», lo más probable es que, tarde o temprano, haga daño.

Sin embargo, en el frasco no ponía «veneno»; así que Alicia se atrevió a probarlo y, como tenía un sabor muy rico (de hecho sabía a una mezcla de tarta de cerezas, natillas, piña, pavo asado, caramelo y crujientes tostadas de pan con mantequilla), se lo bebió de un trago.






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