Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Lo que me faltaba por oÃr! —gritó Humpty Dumpty presa de una súbita cólera—. Habrás estado escuchando detrás de las puertas… de los arbustos… oculta en las mismÃsimas chimeneas… ¡de lo contrario, no lo sabrÃas!
—¡Claro que no! —le dijo muy suavemente Alicia—. Está en un libro.
—¡Ah, bueno! Es posible que tales cosas consten en libro —dijo Humpty Dumpty en tono algo más sosegado—. Eso es lo que llaman Historia de Inglaterra, eso es. Y ahora, ¡mÃrame bien!: soy de los pocos, yo, que han logrado hablar con un rey…, posiblemente no verás nunca a nadie que haya gozado de un privilegio semejante. Y para que veas que no me domina la soberbia, te permito que me estreches la mano. —Y diciendo esto, se inclinó desde su altura, con una sonrisa que le cruzaba hasta las orejas, y le tendió la mano. Alicia, tÃmidamente, se la tomó, mientras lo observaba con inquietud. «Si llega a sonreÃr un poco más —pensó—, va y se le juntan por detrás las comisuras de la boca… y entonces, ¡no sé qué iba a pasar! ¡Qué horror si se le desprendiese la cabeza!»
—SÃ, todos sus caballos y sus hombres —prosiguió Humpty Dumpty— me recogerÃan en el acto, ¡lo harÃan! Pero esta conversación va demasiado deprisa: volvamos a lo penúltimo que dijimos.
—Me temo que no me acuerde con exactitud —dijo muy cortésmente Alicia.