Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Sà —dijo—, pero he inventado otro todavÃa mejor… en forma de pan de azúcar. Cuando lo usaba, si me caÃa del caballo, el yelmo tocaba el suelo enseguida y asà yo caÃa a una distancia muy corta, ¿comprendes…? El único peligro estaba en caer materialmente dentro. Esto me ocurrió una vez… y lo peor de todo fue que, sin darme tiempo para salir de él, vino el otro Caballero Blanco y se lo puso creyendo que era su propio yelmo.
El Caballero adoptaba al contarlo un aire tan solemne que Alicia se contuvo para no reÃr.
—Me temo que le habrá hecho algún daño —dijo con voz temblorosa— si usted estaba metido encima de su cabeza.
—Tuve que darle patadas, por supuesto —dijo muy serio el Caballero—. Y entonces se quitó el yelmo… y necesitó horas y horas para sacarme. Estaba tan arraigadamente metido ahà dentro que… hasta eché raÃces.
—Pero no serÃa el mismo tipo de raÃces que echan los árboles —le objetó Alicia.
El Caballero movió la cabeza.
—Toda clase de raÃces, ¡te lo aseguro! —Al decir esto, levantaba las manos y era tal su excitación que al instante rodó de la silla y cayó de cabeza en una profunda zanja.