Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¿Le duele mucho? Espero que no.
La Avispa se encogió de hombros y volvió hacia otro lado la cabeza, mascullando:
—¡Ay, ay, mÃsero de mÃ!
—¿Puedo hacer algo por usted? —continuó Alicia—. ¿No tiene aquà un poco de frÃo?
—¡Qué insistencia! —dijo la Avispa en tono malhumorado—. ¡Dale que te dale! ¡Dónde se ha visto una niña tan pesada!
Alicia se sintió un poco ofendida por la respuesta y estuvo tentada de dar media vuelta y dejarlo; pero pensó: «Tal vez sea el mismo dolor que lo vuelve tan arisco». E hizo una nueva tentativa.
—¿Puedo ayudarlo a pasar al otro lado? Allà estarÃa algo más protegido del viento.
La Avispa le dio el brazo y dejó que lo ayudara a dar la vuelta al árbol, pero, una vez reinstalado, repitió lo de antes:
—¡Y dale que te dale! ¿Es que no puedes dejar en paz a una persona?
—¿Le gustarÃa que le leyera un poco de esto? —prosiguió Alicia mientras cogÃa un periódico que estaba tirado a los pies de la Avispa.
—Lee si te da la gana —dijo de mal humor la Avispa—. Nadie te lo impide, que yo sepa.
Y asà Alicia se sentó a su lado y con el diario abierto en las rodillas empezó a leer: