Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas A Alicia le pareció que era muy absurdo todo eso, pero el grupo ofrecía un aspecto tan serio que no se atrevió a reír; y como no se le ocurría nada que decir, hizo simplemente una reverencia, y con la mayor gravedad, cogió el dedal.
Lo siguiente fue comer los confites. No sin cierto ruido y confusión, pues las aves grandes se quejaban de que ni siquiera podían apreciar el gusto de los suyos y las pequeñas se atragantaban y hubo que darles palmaditas en la espalda. Al fin, sin embargo, todo concluyó, y el grupo se sentó de nuevo en círculo y pidió al Ratón que les contase algo más.
—Me has prometido contarme tu historia —dijo Alicia—, y por qué odias tanto a los G y a los P —le susurró medio temerosa de volver a ofenderlo.
—¡Triste, larga y no sin cola es mi historia! —dijo el Ratón, entre suspiros, dirigiéndose a Alicia.
—Una cola ciertamente larga —dijo Alicia, contemplándola asombrada—, pero ¿por qué la llamas triste?
Y, conforme iba hablando el Ratón, siguió muy intrigada la trama y posible cola de la historia, que imaginó así: