Fantasmagoría
Fantasmagoría Me replicó: «Perdona el estornudo.
Me he resfriado ahí fuera».
Fijé la vista con asombro mudo
y vi ante mí, con ojos dilatados,
a un fantasma menudo.
En viéndome tembló y tras un asiento
se escondió presuroso.
«¿Cómo has entrado? ¿Qué es este portento?
Deja ya de temblar —dije—; me cansa
tanto estremecimiento».
«El cómo y el porqué de mi presencia
te contaré gustoso,
aunque —añadió con una reverencia—
te veo tan airado, que no creo
que escuches con paciencia.
Y, por lo que respecta a mi temor,
has de saber que a un trasgo
le asusta de la luz el resplandor,
del mismo modo que a un humano espanta
de la noche el color».
«Un trasgo —respondí— nunca se asusta.
No hay disculpa que valga,
pues al mortal visita cuando gusta,
mientras que a éste escapar no le es posible
de su figura adusta».
«No me creas —repuso— melindroso
