Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Mientras ocurría todo aquello, la sonata resonaba por la sala. El barón no pudo evitar admitir para sí que la interpretación estaba siendo magnífica, pero sus intentos de captar el más mínimo atisbo del joven músico fueron inútiles. Cada vez que estaba a punto de lograr verlo, el vicerrector o su esposa se colocaban inevitablemente en medio, señalando algún nuevo punto del mapa, y ensordeciéndolo con algún nuevo nombre.

Finalmente se dio por vencido, deseó buenas noches de forma apresurada y abandonó la sala, al tiempo que su anfitrión y anfitriona intercambiaban miradas victoriosas.

—¡Qué habilidad! —gritó el vicerrector—. ¡Qué plan más astuto! ¿Pero qué significa todo ese jaleo de pasos en las escaleras? —Entreabrió la puerta, miró afuera y añadió en tono de consternación—: ¡Están bajando las cajas del barón!

—¿Y a qué viene ese estruendo de ruedas? —gritó milady, y echó un vistazo por entre las cortinas de la ventana—. ¡El carruaje del barón está aquí! —gimió.

En aquel momento la puerta se abrió: un rostro gordo y furioso se asomó por ella; una voz, ronca por la ira, bramó:

—¡Mi habitación está llena de ranas; me marcho! —La puerta volvió a cerrarse.


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