Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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El silencio que se produjo a continuación se vio roto por la dulce voz de Silvia:

—¿Podría dejarnos salir al camino, por favor?

—¡¿Qué?! ¿Para ir otra vez tras ese viejo pordiosero? —gritó el jardinero, que se puso a cantar:

Creyó ver un gran canguro

que molía en molinillo:

mas luego advirtió que era

un tónico en comprimidos.

«Si lo tomara —saltó—

¡me pondría muy malito!».

—No queremos que se tome nada —explicó Silvia—. No tiene hambre. Pero queremos ir a verlo. Así que, ¿sería tan amable de…?

—¡Pues claro! —respondió de inmediato el jardinero—. Yo siempre soy amable. Nunca soy desagradable con nadie. ¡Ya está! —Y abrió la puerta de un tirón, dejándonos salir al polvoriento y amplio camino.

No tardamos en encontrar el arbusto que se había hundido en la tierra de forma tan misteriosa, y allí Silvia extrajo el guardapelo mágico de su escondite, le dio la vuelta en su mano con aire pensativo y finalmente se dirigió a Bruno con un cierto tono de impotencia:

—¿Qué era lo que teníamos que hacer con él, Bruno? ¡Se me ha olvidado por completo!


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