Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Aquello me metió en la conversación, la cual adquirió entonces un tono más convencional. No mucho después, Arthur dio la señal para nuestra partida, y en el frescor de la tarde fuimos paseando hasta la playa, disfrutando del silencio, roto únicamente por el murmullo del mar y la distante música de una canción de pescadores, casi tan lejana como nuestra última y agradable charla.
Nos sentamos entre las rocas, junto a una pequeña charca, tan rica en vida animal, vegetal y zoófita —o sea cual sea la palabra adecuadaque me quedé absorto en su contemplación, y, cuando Arthur sugirió regresar a nuestro domicilio, le rogué que me dejara allí un poco más para observar y meditar a solas.
La canción de los pescadores se escuchaba cada vez más cerca y clara, a medida que su barca se aproximaba a la playa, y habría bajado para verlos descargar su flete de pescado si el microcosmos a mis pies no hubiera excitado aún más mi curiosidad.
Un viejo cangrejo, que no cesaba de moverse frenéticamente de un lado a otro de la charca, me tenía particularmente fascinado: existía una cierta vacuidad en sus ojos fijos y una violencia sin sentido en su comportamiento que recordaba, de manera irresistible, al jardinero que se había hecho amigo de Silvia y Bruno; mientras lo miraba, llegaron a mis oídos las notas con que concluía la melodía de su alocada canción.