Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Lo entiendo con claridad —dijo lady Muriel—, ¡pero resulta mareante pensar en cosas asÃ! ¿Cómo puede obligarnos a ello?
—Hay una idea más curiosa todavÃa —me atrevà a decir—. Supongamos un cordel atado a la casa, desde abajo, y del que tira alguien en el planeta. Entonces, por supuesto, la propia casa va más deprisa que su ritmo natural de caÃda, pero los muebles, junto con nuestros nobles cuerpos, seguirÃan cayendo a su antigua velocidad, ¡por lo que se quedarÃan atrás!
—SubirÃamos hasta el techo, prácticamente —apuntó el earl—. Lo cual acarrearÃa de manera inevitable una conmoción cerebral.
—Para evitar eso —dijo Arthur—, habrÃa que fijar los muebles al suelo, y atarnos nosotros a ellos. Entonces el té de las cinco podrÃa tener lugar tranquilamente.
—¡Con un pequeño inconveniente! —interrumpió lady Muriel de modo alegre—. TendrÃamos que agarrar las tazas para que bajaran con nosotros, pero ¿qué hay del té?
—Me habÃa olvidado del té —confesó Arthur—. Eso, sin duda, subirÃa hasta el techo… ¡a no ser que decidiera bebérselo en mitad de la ascensión!
—Lo cual, me parece, ¡resulta suficientemente absurdo por un rato! —dijo el earl—. ¿Qué noticias nos trae este caballero del gran mundo londinense?