Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Bien, imagine esta casa, tal cual, situada a unos cuantos miles de millones de millas por encima de un planeta, y con ninguna otra cosa lo bastante cerca como para perturbarla; no hay duda de que cae hacia el planeta, ¿cierto?
El earl asintió con la cabeza.
—Desde luego… aunque tardarÃa varios siglos en hacerlo.
—¿Y habrÃa té de las cinco mientras tanto? —dijo lady Muriel.
—Eso y otras cosas —señaló Arthur—. Los ocupantes vivirÃan sus vidas, crecerÃan y morirÃan, ¡y la casa seguirÃa cayendo, cayendo, cayendo! Pero en cuanto al peso relativo de las cosas: nada puede ser pesado, ya saben, salvo si intenta caer, y algo se lo impide. ¿Están todos de acuerdo?
Todos lo estábamos.
—Entonces, si cojo este libro y lo sostengo con el brazo extendido, está claro que siento su peso. Está tratando de caer y yo se lo impido. Y, si lo suelto, cae al suelo. Pero si estuviéramos todos cayendo a la vez, no podrÃa tratar de caer más rápido, ¿comprenden?, ya que, si lo suelto, ¿qué otra cosa podrÃa hacer sino caer? Y, como mi mano estarÃa cayendo también, a la misma velocidad, nunca la abandonarÃa, pues eso supondrÃa adelantarla en la carrera. ¡Y jamás podrÃa rebasar el suelo, también en caÃda!