Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Y lanzó sus brazos en torno al cuello del aterrorizado profesor, el cual profirió un alarido, pero me fue imposible ver si recibió el beso amenazado o no, pues Bruno, que para entonces ya se había librado de su apagavelas, salió corriendo precipitadamente de la sala, seguido por Silvia; y yo tenía tanto miedo de ser dejado a solas entre todas aquellas locas criaturas que los seguí a toda prisa.

—¡Debemos ir con padre! —jadeó Silvia, mientras atravesaban el jardín a la carrera—. ¡Estoy segura de que las cosas están peor que nunca! ¡Pediré al jardinero que nos deje salir otra vez!

—¡Pero no podemos haced todo el camino a pie! —se quejó Bruno de manera lastimera—. ¡Ojalá teniéramos un carnaje, como el de tío!

Y se oyó la familiar voz, estridente y exaltada:

Creyó ver junto a su cama un

carruaje (a la espera),

mas luego advirtió, no obstante,

que era un oso sin cabeza.

«¡Pobre! —dijo—. ¡Criaturita!

¡Está esperando la cena!».


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