Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡No, no puedo dejaros salir de nuevo! —dijo, antes de que los niños tuvieran oportunidad de hablar—. ¡El vicerrector me echó un buen rapapolvo la última vez! ¡Asà que largo! —Y, dándoles la espalda, empezó a cavar de manera frenética en mitad del paseo de gravilla, sin parar de cantar:
«¡Pobre! —dijo—. ¡Criaturita!
¡Está esperando la cena!»,
pero en un tono más musical que los ensordecedores alaridos con los que habÃa empezado.
La música se escuchaba con mayor intensidad y sonoridad por momentos; otras voces masculinas se unieron al estribillo, y al poco oà el golpe fuerte y sordo que indicaba que la barca habÃa alcanzado

la playa, y el áspero rechinar de los guijarros cuando los hombres la arrastraron tierra adentro. Yo desperté de mis ensoñaciones, y, tras echarles una mano en tirar de su barca, permanecà allà un rato más para verlos descargar un buen surtido de los duramente ganados «tesoros de las profundidades».
Cuando por fin llegué a nuestro domicilio me sentÃa cansado y soñoliento, y bastante contento de instalarme de nuevo en el sillón, al tiempo que Arthur se dirigÃa hospitalariamente a su armario para servirme un poco de bizcocho y vino, sin los cuales, declaró, no podÃa, como médico, permitir que me fuera a la cama.