Silvia y Bruno

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¡Y cómo chirriaba la puerta de aquel armario! Estaba claro que no podía ser Arthur quien lo abría y cerraba a cada segundo, se movía sin descanso de acá para allá, ¡y murmuraba como en un soliloquio de una reina de tragedia!

No, era una voz femenina. También la figura —parcialmente oculta por la puerta del armario era femenina, enorme e iba ataviada con un vestido holgado. ¿Podría tratarse de la dueña de la casa? La puerta se abrió, y un extraño hombre entró en la habitación.

—¿Qué está haciendo esa mema? —dijo para sí, deteniéndose un instante, aterrado, en el umbral.

La dama, a la que se había referido de manera tan ruda, era su esposa. Esta había abierto uno de los armarios y se encontraba de espaldas a él, alisando una hoja de papel de estraza sobre uno de los estantes, y susurrando para ella misma: «¡Así, así! ¡Qué habilidad! ¡Qué plan más astuto!».

Su amante esposo se acercó sigilosamente por detrás de ella y le dio un golpecito en la cabeza.

—¡Te pillé! —le gritó a la oreja, en actitud juguetona—. Nunca vuelvas a decir que no pillo ningún chiste.

Milady se retorció las manos.

—¡Descubierta! —gimió—. Pero todavía… ¡no, es uno de los nuestros! ¡No cuentes nada, oh, esposo! ¡Aún no es el momento!


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