Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Contar el qué? —replicó este último con irritación, cogiendo la hoja de papel de estraza—. ¿Qué escondes aquÃ, esposa mÃa? ¡Insisto en saberlo!
Milady bajó la mirada, y habló con una vocecilla minúscula.
—¡No te rÃas, BenjamÃn! —rogó—. Es… es… ¿no lo entiendes? ¡Es una daga!
—¿Y para qué la quieres? —dijo con sorna su excelencia—. ¡Sólo tenemos que hacer que la gente crea que está muerto! ¡No tenemos que matarlo de verdad! ¡Además, está hecha de hojalata! —gruñó, doblando desdeñosamente la hoja con el pulgar—. Bien, señora, sea buena y explÃquese. Primero, ¿por qué me llamas BenjamÃn?
—¡Es parte de la conspiración, amor! Uno debe tener un alias, ¿sabes?…
—¡Oh, asà que un alias! ¡Vaya! Y segundo, ¿con qué objeto compraste esta daga? Venga, ¡nada de evasivas! ¡No puedes engañarme!
—Lo compré con… con el ob-objeto… —tartamudeó la conspiradora cazada, tratando de poner la expresión asesina que habÃa estado ensayando frente al espejo—. Con…
—¡Con qué objeto, señora!
—¡Pues con dieciocho peniques, ya que necesitas saberlo, querido! Con ese objeto lo compré, por mi…