Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Vaya, vaya! —dijo el bondadoso anciano—. Tal vez os siga, uno de estos dÃas. Pero debo volver, ahora mismo. Veréis, dejé la lectura en una coma, ¡y es un fastidio no saber cómo acaba la frase! Además, el primer sitio por el que tenéis que pasar es Canilandia, y los perros siempre me han puesto un pelÃn nervioso. Pero viajar será muy sencillo en cuanto haya acabado mi nuevo invento: sirve para transportarse, ¿sabéis? Le falta únicamente un poquitÃn más de trabajo.
—¿No será eso muy cansado, transportarse uno mismo? —inquirió Silvia.
—Ah, no, mi niña. Verás, cualquier cansancio que uno sufra por transportar, ¡se lo ahorra siendo transportado! ¡Adiós, preciosos! ¡Adiós, señor! —añadió para mi gran sorpresa, y me estrechó la mano de manera afectuosa.
—¡Adiós, profesor! —contesté, mas mi voz sonaba extraña y distante, y los niños no se percataron en lo más mÃnimo de nuestra despedida. Era evidente que ni me veÃan ni me oÃan cuando, abrazados tiernamente el uno al otro, continuaron la marcha con paso audaz.