Silvia y Bruno
Silvia y Bruno La llave grande resultó ser la correcta al primer intento; el jardinero abrió la puerta y extendió la mano para recibir el dinero.
El profesor meneó negativamente la cabeza.
—Está actuando según las reglas —explicó al abrirme la puerta a mí. Y ahora que está abierta, vamos a salir apelando a una de ellas: la regla de tres.
El jardinero puso cara de no entender nada, y permitió que saliésemos; pero mientras cerraba la puerta detrás de nosotros, lo oímos cantar para sí con aire meditabundo:
Creyó ver una cancela
que con una llave abría,
mas luego advirtió que eran
dos reglas de tres seguidas.
«¡Y este gran misterio —dijo—
pa mí es claro como el día!».
—Ahora he de regresar —dijo el profesor, cuando hubieron recorrido unos pocos metros—: entenderéis que es imposible leer aquí, pues todos mis libros están en palacio.
Pero los niños no le soltaban las manos.
—¡Acompáñenos! —rogó Silvia con lágrimas en los ojos.