Silvia y Bruno

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El profesor formuló la petición, de manera muy humilde y cortés.

—No me importaría dejarle salir a usted —dijo el jardinero—. Pero no debo abrir la puerta a los niños. ¿Se cree que desobedecería las reglas? ¡Ni por un chelín y medio!

El profesor extrajo cuidadosamente un par de chelines.

—¡Con eso valdrá! —gritó el jardinero, mientras tiraba la regadera por encima del macizo de flores, y sacaba un puñado de llaves: una grande, y varias otras de menor tamaño.

—¡Pero escuche, querido profesor! —susurró Silvia—. No hace falta para nada que nos abra la puerta a nosotros. Podemos salir con usted.

—¡Cierto, mi niña! —contestó el profesor agradecido, devolviendo las monedas a su bolsillo—. ¡Así nos ahorramos dos chelines! —Y cogió las manos de los niños para poder salir todos juntos cuando la puerta estuviera abierta. Lo cual, no obstante, no parecía que fuera a ocurrir, pese a que el jardinero probó pacientemente todas las llavecitas, una y otra vez.

Finalmente el profesor aventuró una amable sugerencia.

—¿Por qué no prueba con la grande? He observado a menudo que una puerta se abre mucho mejor con su propia llave.


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