Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Pues claro que lo dice! —gritó Bruno.

Para entonces habíamos llegado ya hasta el jardinero, quien se hallaba a la pata coja, como de costumbre, regando afanosamente un macizo de flores con una regadera vacía.

—¡Pero si no tiene agua! —le explicó Bruno, tirándole de la manga para llamar su atención.

—Así pesa menos —repuso el jardinero—. Si está muy llena, el brazo acaba doliendo. —Y siguió con su trabajo, al tiempo que canturreaba para sí:

¡O acabarás empapado!

—En tanto cavaba en la tierra para sacar cosas de ella, en lo cual probablemente se ocupa de vez en cuando —empezó a decir el profesor en voz alta—; juntaba cosas en montones, labor que sin duda desempeña a menudo, y coceaba cosas a la pata coja, lo cual, al parecer, no para de hacer nunca; ¿no habrá visto por un casual a otro profesor, parecido a mí, pero diferente?

—¡Nunca! —gritó el jardinero, de forma tan fuerte y violenta que todos retrocedimos alarmados—. ¡Eso no existe!

—Probaremos con un tema que lo altere menos —comentó el profesor hacia los niños en tono afable—. Ibais a preguntar…

—Le pedimos que nos abriera la puerta del jardín —recordó Silvia—, pero no quiso; ¡puede que a usted sí se la abra!


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