Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Mas espero que no haya serpientes por aquí! —pensé en voz alta, tomando asiento en un árbol caído—. A mí desde luego no me gustan… ¡y supongo que a Bruno tampoco!

—No, ¡no le gustan! —dijo a mi lado con recato una vocecilla—. No les tiene miedo, ¿sabe? Pero no le gustan. ¡Dice que se agitan demasiado!

Me faltan palabras para describir la belleza del pequeño grupo, acostado en una zona musgosa sobre el tronco del árbol caído, con el que tropezó mi mirada ansiosa: Silvia reclinada con el codo hundido en el musgo, y su carrillo sonrosado descansando sobre la palma de su mano, mientras Bruno yacía a sus pies con la cabeza en el regazo de su hermana.

—¿Que se agitan demasiado? —fue todo lo que pude decir en aquella situación tan imprevista.

—No es que les tenga manía —dijo Bruno en tono despreocupado—, pero pdefiero los animales dectos.

—Pero bien que te gustan los perros cuando agitan la cola —lo interrumpió Silvia—. ¡No lo niegues, Bruno!

—Un pero tiene más cosas, ¿veddad que sí, hombde señod? —recurrió Bruno a mí—. ¿A que no le gustaría tened un pero con sólo cabeza y cola?

Reconocí que un perro de ese tipo resultaría poco interesante.


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