Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El picnic tendrÃa lugar en diez dÃas, y aunque Arthur aceptó de inmediato la invitación que le llevé, nada de lo que yo pudiera decirle lo animarÃa a hacer una visita —ni solo ni con mi compañÃa— al earl y su hija en el Ãnterin. No; temÃa «desgastar su hospitalidad», dijo; que ya «lo habÃan visto suficiente por el momento» y, cuando al fin llegó el dÃa de la excursión, se encontraba tan puerilmente nervioso e incómodo que creà conveniente organizamos de manera que fuésemos a la casa cada uno por nuestra cuenta, siendo mi intención llegar algo más tarde que él, con objeto de darle tiempo para recuperarse del encuentro.
A tal fin, di a propósito un rodeo considerable en mi camino al Hall (como llamábamos a la casa del earl); «y si tan sólo me las arreglara para perderme un poco —pensé—, ¡eso me vendrÃa estupendamente!».
Conseguà esto último con mayor éxito, y antes, de lo que me habÃa atrevido a esperar. Me encontraba ya familiarizado con el sendero que atravesaba el bosque, a causa de muchos paseos solitarios en mi anterior visita a Elveston, y cómo podÃa haber perdido su rastro de manera tan repentina y absoluta —aunque me encontrase tan abstraÃdo pensando en Arthur y su bienamada que apenas prestara atención a nada más— era un misterio para mÃ. «Y este claro —me dije— parece traer a mi memoria algo que no puedo recordar con claridad: ¡tiene que ser el lugar donde vi a aquellos niños-hada!».