Silvia y Bruno

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Sin embargo, no me atreví a desobedecer las órdenes —aunque me parecieran absurdas— del joven y perdidamente enamorado doctor, ni siquiera por medio de una alusión a su existencia, y no fue hasta que me hubieron detallado en profundidad su plan de hacer un picnic, al cual me invitaron, cuando lady Muriel exclamó, casi como una idea de último momento:

—¡… y traiga con usted, si es posible, al doctor Forester! Estoy segura de que le sentaría bien un día en el campo. Me temo que estudia demasiado…

Tuve «en la punta de la lengua» el decirle: «¡La belleza de usted es su única materia de estudio!», pero me la mordí justo a tiempo, con una sensación similar a la de alguien que, al cruzar la calle, ha estado a punto de verse arrollado por un cabriolé[*].

—… y pienso que lleva una vida muy solitaria —continuó diciendo ella, con una dulce seriedad que no permitía sospecha alguna de un doble sentido—. ¡Convénzalo para que venga! Y no olvide el día: el martes siguiente al que viene. Podemos llevarlos nosotros. Sería una pena que fueran en tren: ¡el paisaje del camino es tan bonito! Y en nuestro carruaje descubierto caben justamente cuatro personas.

—¡Oh, le convenceré! —dije con confianza, pensando que, en caso de querer evitar que fuera, ¡habría de recurrir a toda mi capacidad de persuasión!


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