Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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No obstante, resultaba evidente que todo aquello estaba siendo dirigido, pues advertí que todas las miradas estaban fijas en el hombre que permanecía justo bajo la ventana, a quien el canciller no dejaba de susurrarle cosas. Este hombre sujetaba su sombrero en una mano y una banderita verde en la otra: cada vez que agitaba esta última la procesión avanzaba un poco, cuando la bajaba se alejaban ligeramente hacia uno de los lados, y cuando movía el sombrero todos prorrumpían en una ronca ovación. «¡Hurra! —gritaban, siguiendo cuidadosamente el ritmo del sombrero mientras este subía y bajaba—. ¡Hurra! ¡Abajo! ¡La! ¡Consti! ¡Tución! ¡Menos! ¡Pan! ¡Más! ¡Impuestos!».

—¡Así vale, así vale! —susurró el canciller—. Déjalos descansar un poco hasta que te lo indique. ¡Aún no ha llegado! —Mas en aquel instante las grandes puertas plegables del salón se abrieron de golpe, y se giró con un respingo de culpabilidad para recibir a su excelentísima. Sin embargo, se trataba únicamente de Bruno, por lo que el canciller emitió un jadeo de ansiedad aliviada.

—¡Buenos días! —saludó el muchachito, dirigiéndose, de un modo más o menos general, al canciller y los camareros—. ¿Sabéis dónde está Silvia? ¡La estoy buscando!


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