Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Está con el rector, según creo, æ’l! —contestó el canciller con una profunda reverencia. Resultaba, sin duda, un poco absurdo aplicar aquel tratamiento (el cual, como por supuesto habrás deducido

antes de que te lo diga, no era más que «alteza real» condensado en una sÃlaba) a una criaturita cuyo padre era únicamente el rector de Exotilandia: aun asÃ, uno debÃa mostrarse muy comprensivo con un hombre que habÃa pasado varios años en la corte de Hadalandia, donde habÃa aprendido el arte casi imposible de pronunciar seis sÃlabas como una sola.
Pero Bruno se perdió la reverencia al encontrarse ya fuera de la sala, de la que habÃa salido corriendo mientras la gran proeza de El MonosÃlabo Impronunciable estaba siendo ejecutada de mañera triunfal.
En ese mismo momento, se oyó exclamar en la distancia a una voz solitaria: «¡Que hable el canciller!».