Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Desde luego, amigos mÃos —respondió el canciller con extraordinaria presteza—. ¡Hablaré! —En aquel instante, uno de los camareros, que llevaba unos minutos atareado en preparar una mezcla de huevos con jerez de aspecto extraño, presentó esta última de forma respetuosa sobre una gran bandeja de plata. El canciller se la comió con aire altanero, se la bebió con gesto pensativo, sonrió con benevolencia al feliz camarero mientras dejaba sobre la mesa la copa vacÃa, e inició su discurso. Hasta donde me alcanza la memoria, esto fue lo que dijo: