Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Ejem, ejem, ejem! Compañeros de angustias, o más bien, angustiados compañeros… —«¡No los insulte!», susurró el hombre bajo la ventana. «¡No he dicho comadreros!», explicó el canciller—. Podéis estar seguros de que siempre compar… —«¡Eso, eso!», gritó la multitud, tan fuerte que ahogó por completo la débil y aguda voz del orador—. De que siempre compar… —repitió. «No ponga una sonrisa tan tonta al hablar», dijo el hombre bajo la ventana. «¡Le hace parecer un zoquete!». Y durante todo esto, un clamor de «¡Eso, eso!» resonaba por la plaza del mercado, como un trueno—. ¡De que siempre comparto vuestros sentimientos! —vociferó el canciller al primer instante de silencio—. ¡Pero vuestro verdadero amigo es el subrector! DÃa y noche cavila por vuestro mal… digo, por vuestro bien… es decir, vuestro mal… no, quiero decir vuestro bien… —«¡Déjelo ya!», gruñó el hombre bajo la ventana. «¡Menudo cacao está montando!»—. En ese momento el subrector entró al salón. Era un hombre enjuto, con una tez verde amarillenta que denotaba mezquindad y astucia; atravesó la sala con gran parsimonia, mirando receloso a su alrededor como si pensara que pudiera haber escondido un perro fiero en alguna parte.
—¡Bravo! —exclamó, dándole unas palmaditas en la espalda al canciller—. Ha hablado usted muy bien. ¡Es usted un orador nato!