Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Oh, eso no es nada! —contestó el canciller, modesto, con la mirada gacha—. La mayorÃa de los oradores nacen, ya sabe.
El subrector se frotó la barbilla con gesto pensativo.
—¡Sà que es cierto! —admitió este—. Nunca lo habÃa considerado desde esa perspectiva. Aun asÃ, lo ha hecho muy bien. ¡Hablemos en privado!
El resto de su conversación transcurrió totalmente entre susurros, de modo que, como me era imposible oÃr nada más, decidà ir en busca de Bruno.
Encontré al muchachito en el pasillo frente a uno de los hombres de librea, el cual se estaba dirigiendo a él casi doblado por la cintura debido a un respeto extremo, con las manos colgando por delante como las aletas de un pez.
—¡Su excelentÃsima —estaba diciendo aquel respetuoso hombre— se halla en su estudio, æ’l! —(No pronunció esto último igual de bien que el canciller). Bruno salió trotando hacia allÃ, y yo creà adecuado ir tras él.