Silvia y Bruno

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El earl puso cara de decepción, pero contestó de forma amable:

—Está bien, no haremos preguntas.

—Aunque le consideraremos un pésimo testigo de la acusación —añadió lady Muriel en tono pícaro, al tiempo que accedíamos al cenador—. Lo declaramos a usted cómplice del robo, y lo sentenciamos a reclusión en aislamiento y a ser alimentado con agua, pan y… mantequilla. ¿Quiere azúcar?

»Resulta intranquilizador, desde luego —prosiguió, una vez que todas las “comodidades” habían sido debidamente suministradas—, descubrir que han entrado a robar en la casa, en un lugar tan apartado como este. Si, al menos, las flores hubieran sido comestibles, uno podría haber sospechado de un ladrón de muy distinto tipo…

—¿Se refiere a esa explicación universal para todas las desapariciones misteriosas: que el culpable fue el gato? —dijo Arthur.

—Así es —respondió ella—. ¡Qué conveniente sería que todos los ladrones fueran del mismo tipo! ¡Resulta tan confuso que unos sean cuadrúpedos y otros bípedos!

—Yo me he topado con eso —apuntó Arthur— en forma de un curioso problema de teleología: la ciencia de las causas finales —añadió, en respuesta a una mirada inquisitiva de lady Muriel.


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