Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —La razón es —explicó lady Muriel— que uno no podrÃa sacrificar hasta tal punto su dignidad.
—¡Por supuesto que no! —se mostró Arthur inmediatamente de acuerdo—. SerÃa como discutir con una patata. Disculpen el juego de palabras, ¡pero eso enterrarÃa por completo la propia dignidad!
—Lo dudo —me posicioné yo—. Ni siquiera un juego de palabras es capaz de convencerme totalmente de ello.
—Pues si esa no es la razón —dijo lady Muriel—, ¿cuál propondrÃa usted?
Traté esforzadamente de entender el significado de aquella pregunta, pero el persistente zumbido de las abejas me confundÃa, y el aire transmitÃa una somnolencia que interrumpÃa y mandaba a la cama cada pensamiento antes de haber sido completamente formado; asà que lo único que pude decir fue:
—Eso depende por fuerza del peso de la patata.
Me dio la sensación de que el comentario no tenÃa tanto sentido como me hubiese gustado. Pero lady Muriel pareció aceptarlo con absoluta normalidad.
—En tal caso… —empezó a decir, pero de repente dio un respingo, y se giró para escuchar—. ¿No lo oyen? —dijo—. Está llorando. Tenemos que encontrarlo, de algún modo.