Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Pienso que hemos de descartar la guerra. Cuando uno es capaz de aplastar una nación entera de un solo puñetazo, no puede llevar a cabo una guerra en igualdad de condiciones. Pero cualquier cosa que involucrara únicamente un choque de intelectos serÃa posible en nuestro mundo ideal, pues, naturalmente, debemos conceder capacidades mentales a todos, independientemente del tamaño. Quizá la regla más justa serÃa que, cuanto más pequeña fuese la raza, ¡mayor deberÃa ser su desarrollo intelectual!
—¿Estás diciendo —intervino lady Muriel— que esos hombrecillos de dos centÃmetros discutirán conmigo?
—¡Desde luego, desde luego! —afirmó el earl—. ¡La fuerza lógica de un argumento no depende del tamaño de la criatura que lo expone!
Ella sacudió la cabeza con indignación.
—¡Yo no discutirÃa con ningún hombre que midiera menos de quince centÃmetros! —exclamó—. ¡Lo pondrÃa a trabajar!
—¿En qué? —quiso saber Arthur, que escuchaba todos aquellos disparates con una sonrisa divertida.
—¡Bordando! —respondió ella al instante—. ¡Qué bordados más bonitos harÃa!
—No obstante, si hicieran un mal trabajo —apunté yo— no podrÃas discutir la cuestión. No sé por qué, pero convengo en que no podrÃa hacerse.