Silvia y Bruno
Silvia y Bruno A través de la Puerta de Marfil
—No lo sé —contestó Silvia—. ¡Silencio! Tengo que pensar. PodrÃa llegar hasta él, sola, sin problemas. Pero quiero que usted me acompañe.
—Déjame ir contigo —rogué—. Estoy seguro de poder seguirte el ritmo.
Silvia rio con jovialidad.
—¡Qué tonterÃa! —exclamó—. ¡Pero si no puede dar ni un paso! ¡Está tendido de espaldas cuan largo es! Usted no entiende de estas cosas.
—Puedo andar igual de bien que tú —insistÃ. Y puse todo mi empeño en dar unos pocos pasos, pero el suelo se deslizó hacia atrás, exactamente a la misma velocidad que yo era capaz de imprimir a mis piernas, de modo que no avancé ni un ápice. Silvia se echó a reÃr otra vez.
—¿Lo ve? ¡Ya se lo advertÃ! ¡No sabe usted qué pinta más graciosa tiene, moviendo los pies en el aire, como si estuviese caminando! Espere un segundo. Le preguntaré al profesor qué conviene que hagamos. —Y llamó con los nudillos a la puerta de su estudio.
La puerta se abrió, y el profesor asomó la cabeza.
—¿Qué es ese llanto que acabo de oÃr? —inquirió—. ¿Es un ser humano?
—Es un niño —dijo Silvia.
