Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Me figuro que has estado chinchándolo, ¿no es cierto?
—¡Por supuesto que no! —contestó Silvia, con gran seriedad—. ¡Nunca lo hago!
—Bien, debo consultarlo con el otro profesor. —Se metió otra vez en el estudio, y lo oÃmos susurrar—:… un pequeño ser humano… dice que no ha estado chinchándolo… del tipo al que llaman niño…
—Pregúntale qué niño —dijo una nueva voz. El profesor volvió a salir.
—¿A qué niño no has estado chinchando?
Silvia me miró con ojos brillantes.
—¡Es usted un anciano adorable! —exclamó, poniéndose de puntillas para darle un beso, mientras él se inclinaba con solemnidad para recibir el saludo—. ¡Consigue dejarme perpleja! ¡Son varios los niños a los que no he estado chinchando!
El profesor regresó junto a su amigo, y en esta ocasión la voz dijo:
—Dile que los traiga aquÃ… ¡a todos!
—No puedo, ¡y no lo haré! —soltó Silvia, en cuanto reapareció el profesor—. Es Bruno quien llora, y es mi hermano, y, por favor, los dos queremos irnos; él no puede caminar, ¿sabe?; está… soñando, ¿ve usted? —Esto lo dijo en un susurro, por miedo a herir mis sentimientos—. ¡PermÃtanos atravesar la Puerta de Marfil!