Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Por qué lo hacÃa? —lo interrumpió Silvia nuevamente.
—¡Podque no le dolÃan las muelas! —espetó Bruno—. ¿Es que necesitas que lo esplique todo? Si le habieran dolido las muelas, naturalmente habdta ido con la cabeza baja, asÃ, ¡y se la habdÃa envuelto en un montón de mantas calientes!
—Si hubiera tenido alguna —arguyó Silvia.
—¡Claro que tenÃa! —replicó su hermano—. ¿Acaso piensas que los cocoddilos salen a pasead sin mantas? Y fdunció el entdecejo. ¡Y a la cabda sus cejas le dieron muchósimo miedo!
—¡Yo nunca me asustarÃa de unas cejas! —exclamó Silvia.
—Yo cdeo que sÃ, si tenieran un cocoddilo pegado a ellas, ¡como estas! Asà que el hombde saltó, y saltó, y finalmente consiguió salid del hoyo.
Silvia se quedó otra vez ligeramente boquiabierta por el asombro: aquel rápido salto de un personaje a otro de la historia la habÃa dejado sin aliento.
—Y salió coriendo… en busca de la cabda, ya sabéis. Y oyó gduñid al león…
—Los leones no gruñen —dijo Silvia.
—Este sà —afirmó Bruno—. Y tenÃa la boca gdande como un admario. Y en ella cabÃan un montón de cosas. Y el león pedsiguió al hombde… para comédselo, ¿sabéis? Y el datón corÃa detdás del león.