Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Mirando al este
—Hace sólo una semana —le dije, tres dÃas más tarde, a Arthur— que nos enteramos del compromiso de lady Muriel. Creo que deberÃa pasarme por su casa, de todos modos, y ofrecerle mi enhorabuena. ¿Vendrás conmigo?
Mi amigo adoptó una fugaz expresión de dolor.
—¿Cuándo has de irte? —preguntó.
—El lunes, en el primer tren.
—Eh… sÃ, te acompañaré. DarÃa una impresión extraña y poco amistosa si no lo hiciera. Pero aún estamos a viernes. Dame tiempo hasta el domingo por la tarde. Me sentiré más fuerte para entonces.
Tapándose los ojos con una mano, como si se avergonzara un poco de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, extendió la otra hacia mÃ. Temblaba cuando se la estreché.
Intenté articular algunas palabras de apoyo, pero me pareció que eran frÃas e insuficientes, asà que me las guardé.
—Buenas noches —fue mi única respuesta.
—¡Buenas noches, querido amigo! —contestó. Noté en su tono una energÃa varonil que me convenció de que estaba luchando con, y triunfando sobre, el gran dolor que a punto habÃa estado de arruinar su vida, y de que, utilizando su propio cadáver como peldaño, ¡alcanzarÃa sin duda metas más elevadas!
