Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Una niña me hizo un relato similar, viva voce, hace años —dijo Arthur cuando lady Muriel se hubo marchado—. Resultaba realmente conmovedor notar el tono de melancolÃa con el que decÃa: «¡Los domingos no debo jugar con mi muñeca! ¡Los domingos no debo cavar en el jardÃn!». ¡Pobre niña! ¡Desde luego tenÃa abundantes motivos para odiar el domingo!
—Aquà está la carta —anunció lady Muriel al regresar—. Dejen que les lea un fragmento:
Cuando, siendo niña, abrÃa por primera vez los ojos en una mañana de domingo, una deprimente sensación de anticipación, que aparecÃa como muy tarde el viernes, culminaba. SabÃa lo que me aguardaba, y mi deseo interior, por no decir expreso, era: «¡Ojalá fuera ya por la tarde!». No se trataba de un dÃa de descanso, sino de lecturas, catecismos (el de Watts[*]) y tratados sobre conversos, criadas piadosas y muertes edificantes de pecadores que salvaron su alma.
Desde primera hora debÃamos aprender de memoria himnos y pasajes de las Escrituras hasta las ocho en punto, momento en que orábamos en familia, para después desayunar, de lo cual nunca me era posible disfrutar, en parte por el ayuno previo, y en parte por el terror a lo que aún me esperaba.