Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Permítanme ilustrar estas dos últimas formas de peligro, partiendo de mi propia experiencia. No hace mucho, asistí a un servicio religioso en una catedral y me colocaron justo detrás de una fila de hombres, miembros del coro; y no pude evitar percatarme de que trataban las lecturas como una parte de la ceremonia a la que no necesitaban prestar atención alguna, como una conveniente oportunidad para ordenar partituras, etc. También he visto muchas veces a una fila de niños de coro que, después de marchar en procesión hasta sus sitios, se arrodillaban, como si se dispusieran a rezar, y se ponían en pie tras pasar un minuto mirando a su alrededor, resultando más que evidente que su comportamiento era una simple farsa. ¿No será seguramente muy peligroso, para estos niños, acostumbrarlos así a fingir que rezan? Como ejemplo de un tratamiento irreverente de cuestiones sagradas, mencionaré un hábito que, no me cabe duda, muchos de mis lectores habrán advertido en iglesias en las que el clero y el coro entran en procesión: a saber que, al término de las oraciones privadas que se llevan a cabo en la sacristía, y que por supuesto resultan inaudibles para los fieles, el «amén» final se grita con suficiente fuerza como para que se oiga en todo el templo. Esto sirve de señal para que los fieles se preparen para levantarse cuando aparezca la procesión, y que se vocea de este modo con dicha idea no admite discusión. Si recordamos a Quién va dirigido realmente ese «amén», y consideramos que en este caso se utiliza con el mismo propósito que una de las campanas de la iglesia, hemos de admitir ciertamente que se trata de una muestra flagrante de irreverencia, ¿no creen? Para mí es como si viera usarse una Biblia como reposapiés.