Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Déjenme añadir, no obstante, con toda franqueza, que estoy convencido de que esta irreverencia es, en muchos casos, inconsciente: el «medio» (como he tratado de explicar en la p. 392) supone una diferencia crucial entre un hombre y otro, y me alegra pensar que muchas de esas historias profanas —cuya escucha me resulta tan dolorosa, y que se me antojaría pecaminoso repetir— no provocan dolor en sus oídos, ni turban sus conciencias, y que pueden pronunciar, de forma no menos sincera que yo, las dos plegarias «santificado sea tu nombre» y «de la insensibilidad, y del menosprecio hacia tu palabra y mandamiento, ¡líbranos, buen Señor!». A lo cual desearía añadir, por su bien y el mío, la hermosa petición de Keble: «¡Ayúdanos, hoy y todos los días, a vivir más cerca de ti con nuestras oraciones!». Es, de hecho, por sus consecuencias —por los graves peligros que trae consigo, tanto para el hablante como para el oyente— más que por lo que es en sí misma, que lamento esta costumbre clerical de departir de manera irreverente. Al creyente que atiende le acarrea el riesgo de que pierda su respeto hacia las cosas sagradas, por el simple acto de escuchar, y disfrutar de, tales gracias; y también la tentación de repetírselas a otros para su diversión. Al no creyente le supone una agradable confirmación de su teoría de que la religión es una fábula, al asistir al espectáculo de que sus defensores acreditados traicionen así aquello en lo que creen. Y para el propio hablante conlleva inevitablemente el peligro de perder la fe, pues tales chanzas, si se pronuncian sin conciencia de estar haciendo nada malo, implican a la fuerza que tampoco se es consciente, en ese mismo momento, de la realidad de Dios, como ser viviente, que oye todo lo que decimos. Y aquel que se permite el hábito de proferir palabras sagradas sin pensar en su significado descubrirá con toda probabilidad que, para él, Dios se ha convertido en un mito, y el Cielo en una fantasía poética; que, para él, la luz de la vida se ha apagado, y que en el fondo es un ateo perdido en «una oscuridad palpable».