Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Se da, me temo, en nuestra época una creciente tendencia al tratamiento irrespetuoso del nombre de Dios y de los temas relacionados con la religión. Algunos de nuestros teatros están favoreciendo este movimiento decadente por las ofensivas caricaturas que hacen sobre las tablas de los miembros del clero; algunos de nuestros clérigos están ayudando también personalmente a ello al mostrar que pueden despojarse de su espíritu de reverencia junto con sus sobrepellices, y que pueden tomarse a broma, fuera de sus iglesias, nombres y cosas a los que brindan una veneración casi supersticiosa cuando están dentro de ellas: el Ejército de Salvación, con la mejor de las intenciones, me temo, ha contribuido en gran medida a que esto sea así, debido a la ordinaria familiaridad con la que tratan las cuestiones sagradas, y está claro que todo aquel que desee vivir con el espíritu de la oración «santificado sea tu nombre» debería hacer lo que esté en su mano, por poco que sea, para frenar eso. De modo que he aprovechado con gusto esta oportunidad única, por muy poco adecuado que pueda parecer el tema para el prefacio de un libro de este tipo, para expresar algunos pensamientos que han estado preocupándome durante largo tiempo. No esperaba, cuando escribí el prefacio del vol. I, que llegara a tener un número apreciable de lectores, pero me alegra pensar, a partir de los indicios que me han llegado, que han sido muchos los que lo han leído, y espero que con este prefacio ocurra lo mismo; creo que, entre ellos, encontraré a algunos dispuestos a compartir las opiniones que he planteado, y a ayudar, con sus plegarias y su ejemplo, a que renazca, en la sociedad, el espíritu en declive de la reverencia.