Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Las lecciones de Bruno
Durante el siguiente mes, o dos, mi solitaria vida en la ciudad me pareció, en comparación, desacostumbradamente monótona y tediosa. Extrañaba a los agradables amigos que habÃa dejado en Elveston, el cálido intercambio intelectual, la afinidad que otorgaba a las propias ideas una realidad nueva y vivida, pero quizá, más que nada, echaba en falta la compañÃa de las dos hadas —o niños de los sueños, pues todavÃa no habÃa logrado resolver la cuestión de quiénes o qué eran— cuyas encantadoras travesuras habÃan iluminado mi vida con su magia.
En horas de oficina —las cuales, me figuro, reducen a la mayorÃa de los hombres al estado mental de un molinillo de café o un rodillo escurridor—, el tiempo transcurrÃa a toda velocidad como suele ser habitual; era en los recesos de la vida, las desoladas horas en que los libros y los periódicos eran incapaces de seguir satisfaciendo el hastiado apetito, y en que uno, devuelto a sus terribles cavilaciones, trataba —completamente en vano— de poblar el aire vacÃo con los queridos rostros de los amigos ausentes, cuando la verdadera amargura de la soledad se hacÃa sentir.
