Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Una tarde, en que la vida me parecía un poco más pesada que de costumbre, fui paseando hasta mi club, no tanto con la esperanza de encontrar allí a algún amigo, pues Londres se hallaba ahora «fuera de la ciudad», sino con la sensación de que allí, al menos, escucharía «dulces palabras pronunciadas por el ser humano», y contactaría con su pensamiento.

Sin embargo, prácticamente el primer rostro que vi allí fue el de un amigo. Eric Lindon se encontraba leyendo ociosamente un periódico, con expresión bastante «aburrida», e iniciamos una conversación con una satisfacción común que ninguno de los dos trató de ocultar.

Pasado un rato, me atreví a plantear lo que justo en ese momento suponía el foco central de mis pensamientos:

—Entonces supongo que el doctor —un nombre que habíamos adoptado por tácito acuerdo, como conveniente equilibrio entre la formalidad de «el doctor Forester» y la familiaridad, a la que Eric Lindon difícilmente parecía tener derecho, de «Arthur»— ya se hallará a estas alturas en el extranjero, ¿no es así? ¿Puede darme su dirección actual?

—Sigue en Elveston, según creo —fue su respuesta—. Pero no he vuelto al pueblo desde la última vez que nos vimos usted y yo.


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