Silvia y Bruno

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No supe decidir qué parte de aquella información me resultaba más sorprendente.

—¿Y podría preguntarle, si no es excesiva libertad por mi parte, cuándo doblarán sus campanas de boda? ¿O acaso ya lo han hecho?

—No —contestó Eric, con una voz firme que apenas dejó entrever un atisbo de emoción—; ese compromiso terminó. Sigo siendo «Benedick el hombre no desposado»[*].

Tras escuchar aquello, la avalancha de imaginaciones —radiantes todas de nuevas posibilidades de felicidad para Arthurque me sobrevino fue demasiado apabullante para admitir una continuación de la conversación, y aproveché con sumo gusto la primera excusa decente que se presentó para retirarme en silencio.

Al día siguiente escribí a Arthur, con una reprimenda lo más severa que pude plasmar sobre el papel por su prolongado silencio, rogándole que me contara cómo le iba la vida.

Debían transcurrir necesariamente tres o cuatro días —posiblemente más antes de que pudiese recibir su respuesta, y jamás viví unos que arrastraran sus lentas horas con mayor y tediosa indolencia que aquellos.


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