Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El rayar del alba
El dÃa siguiente resultó ser cálido y soleado, y salimos temprano para disfrutar del lujo de una buena y larga charla antes de que Arthur se viera obligado a dejarme.
—Este vecindario tiene mayor cuota de pobreza extrema de la que le corresponde —comenté al pasar por delante de unas casuchas, demasiado ruinosas como para merecer el nombre de «casitas de pueblo».
—Pero los pocos ricos que hay —contestó Arthur— ayudan caritativamente en mayor proporción de la que les corresponde, de manera que el equilibrio se mantiene.
—El earl colabora enormemente, imagino.
—Es generoso en sus donativos, pero no cuenta ni con salud ni con fuerza para hacer más. Lady Muriel aporta con clases en la escuela y visitas a las casas de los pobres más de lo que le gustarÃa que yo revelara.
—Entonces ella, al menos, no es una «boca holgazana» de las que uno tan a menudo encuentra entre las clases superiores. A veces pienso que se las verÃan y desearÃan si de repente se les pidiese que dieran su raison d’etre, ¡y expusieran el motivo por el que deberÃa permitÃrseles continuar viviendo!
