Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Sà —asintió Silvia—, y una vez, ¿sabe?, le hice audible, ¡y olvidé volverlo visible! Y fue a comprar unos caramelos a una tienda. ¡El dueño se asustó tanto! Una voz pareció surgir del aire: «Pod favod, ¡quiero cincuenta gdamos de caramelos de cebada[*]!». ¡Y sobre el mostrador apareció un chelÃn, con un golpetazo! Y el hombre dijo: «¡No puedo verte!». Y Bruno contestó: «¡Da igual que me veas o no, mientdas puedas ved el chelÃn!». Pero el hombre dijo que nunca vendÃa caramelos de cebada a personas que no fuera capaz de ver. Asà que tuvimos que… ¡Bruno, ya estás listo! —Y este se alejó corriendo.
Mientras lo esperábamos, Silvia empleó el tiempo en hacerse visible también ella misma.
—Resulta un poco violento, sabe usted —me explicó—, cuando nos encontramos con gente y pueden ver a uno de los dos, ¡pero no al otro!
Bruno regresó unos momentos después, con una expresión un tanto desconsolada.