Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Y entonces la melodía mutó en un repentino silencio en los labios temblorosos cuando torció abruptamente una esquina y vio su propia casa, donde su mujer aguardaba, reclinada en el portillo con los brazos cruzados, y contemplando el camino con un semblante pálido, en el cual no había ni una luz de esperanza… sólo la pesada sombra de una profunda y glacial desesperación.

—¡Bien pronto llegas hoy, chacho! ¡Bien pronto! —Las palabras podrían haber sido una bienvenida, pero ¡oh, con qué tono de resentimiento las pronunció!—. ¿Qué t’ha hecho abandoná a tus alegres amigos, y los bailes y las tonterías? Imagino que traes los bolsillos vacíos, ¿ch? ¿O a lo mejó vienes pa vé morí a tu chiquilla? El bebé’stá muerto d hambre, y no tengo bocao ni sorbo que darle. ¿Pero a ti qué ma te da? —Abrió el portillo con violencia y lo recibió con ojos encendidos por la furia.

El hombre no dijo nada. Lentamente, y mirando al suelo, pasó al interior de la casa, mientras ella, un tanto aterrada por su extraño silencio, lo siguió sin decir ni una palabra más; y no fue hasta que él se hubo desplomado sobre una silla, con los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza gacha, que logró recuperar el habla.


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