Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Nos pareció totalmente natural entrar con ellos; en una ocasión distinta uno habría pedido permiso, pero yo tenía la sensación, no sabía por qué, de que éramos invisibles de algún modo misterioso, y tan libres de ir y venir como espíritus incorpóreos.
El bebé de la cuna se despertó, y elevó un llanto lastimero que al momento atrajo a los niños hasta su lado; Bruno meció la cuna, al tiempo que Silvia recolocaba con ternura la cabecita sobre la almohada de la que se había resbalado. Pero la madre no prestó atención al lloro, ni siquiera al gorjeo de satisfacción que emitió la criatura cuando Silvia le devolvió el contento; únicamente miraba a su marido, intentando en vano, con labios blancos y trémulos (creo que pensaba que se había vuelto loco), hablarle en el tono estridente y reprobatorio que él tan bien conocía.
—Y t’has gastao to’l salario, me parta un rayo si no, en la bebía del mismo diablo, hasta perdé el sentío, como siempre haces…
—No —masculló el hombre, con una voz apenas más fuerte que un susurro, mientras vaciaba lentamente sus bolsillos, desparramando su contenido sobre la mesa—. Ahí tie su salario, señora; ca penique.
La mujer se quedó boquiabierta y se llevó una mano al corazón, como si hubiera sufrido un gran ataque de sorpresa.
—¿Cómo has conseguío’ntonces la bebía?