Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—No he bebío —le respondió él, en un tono más triste que airado—. Este bendito día no he probao una gota. ¡No! —vociferó, golpeando fuertemente la mesa con su puño cerrado y levantando la cabeza hacia su mujer con ojos brillantes—, ni jamá probaré otra gota de la maldita bebía… hasta que me muera… ¡con la ayúa de Dios mi creado! —Su voz, que se había elevado súbitamente en un grito ronco, descendió de nuevo con la misma rapidez; luego volvió a bajar la cabeza y enterró el rostro entre sus brazos cruzados.

La mujer había caído de rodillas junto a la cuna, mientras su esposo hablaba. Ni lo miró ni pareció oírlo. Con las manos unidas sobre la cabeza, se balanceaba violentamente adelante y atrás.

—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —era lo único que repetía, una y otra vez.

Silvia y Bruno separaron con delicadeza sus manos y se las bajaron, hasta que tuvo un brazo en torno a cada uno de ellos, aunque los ignoró por completo, y permaneció arrodillada con los ojos levantados al cielo, y unos labios que se movían como en un silencioso agradecimiento. El hombre mantenía el rostro escondido y no profería sonido alguno, pero uno podía ver los sollozos que lo sacudían de pies a cabeza.

Pasado un rato, él alzó la cabeza, con el rostro completamente húmedo por las lágrimas.


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