Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡SÃ, querido amigo! —dijo, como en respuesta a la pregunta que, imagino, leyó en mi semblante—. ¡Es cierto! ¡Es cierto!
No hacÃa falta preguntar «qué» era cierto.
—¡Dios os bendiga a ambos! —exclamé, mientras notaba cómo se me saltaban las lágrimas de felicidad—. ¡Estáis hechos el uno para el otro!
—Asà es —contestó, simplemente—. Es lo que creo. ¡Y qué cambio produce en la vida de uno! ¡Este ya no es el mismo mundo! ¡Ese no es el cielo que veÃa ayer! Esas nubes… ¡nunca en mi vida habÃa visto nubes parecidas! ¡Parecen ejércitos de ángeles que nos sobrevuelan!
A mà me parecÃan nubes de lo más corrientes, ¡pero claro que yo no me habÃa alimentado «de ambrosÃa celestial, y bebido la leche del ParaÃso»[*]!
—Ella quiere verte… de inmediato —añadió, descendiendo de pronto a asuntos mundanos—. ¡Dice que es la gota que falta todavÃa en su copa de la felicidad!
—Iré ahora mismo —dije, mientras me daba la vuelta para abandonar la habitación—. ¿No quieres acompañarme?
—¡No, señor! —repuso el doctor, en un súbito esfuerzo, que resultó un completo fracaso, de recobrar su conducta profesional—. ¿Acaso doy esa impresión? ¿Nunca ha oÃdo que dos son compañÃa, y…?