Silvia y Bruno

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—Esa, en mi opinión —dijo el profesor—, es la parte más hermosa de todo el invento. Por todo el interior de la PP, de la boca al fondo, hay anillas para los pulgares; de manera que es algo parecido a subir por unas escaleras, aunque quizá menos cómodo; y, para cuando el TA ha sacado todo el cuerpo de la bolsa, a falta de la cabeza, ha de caer necesariamente, de un modo u otro: la ley de la gravedad lo asegura. ¡Y ya está de vuelta en el suelo!

—Quizá un poco magullado, ¿no?

—Bueno, sí, un poco magullado; pero habiéndose dado su baño en piscina: eso es lo importante.

—¡Maravilloso! ¡Resulta casi imposible de creer! —musitó el subrector. El profesor lo tomó como un cumplido, e hizo una inclinación con una sonrisa agradecida.

—¡Es totalmente imposible de creer! —añadió milady, con la intención, sin duda, de hacer un cumplido aún mayor. El profesor se inclinó, pero esta vez no sonrió.

—Puedo asegurarle —dijo en actitud seria que, siempre y cuando estuviera montada, usaba la piscina todas las mañanas. Yo desde luego pedía que la montaran, de eso estoy convencido; mi única duda es si el hombre terminó de hacerlo alguna vez. Es difícil de recordar, después de tantos años…


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