Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Quince años —terció una voz profunda pero sumamente áspera lleva mi esposo ejerciendo de subrector. ¡Es demasiado! ¡Un tiempo excesivo! —milady era en todo momento una criatura enorme; pero cuando fruncÃa el ceño y cruzaba los brazos, como ahora, parecÃa más gigantesca que nunca, y le hacÃa a uno tratar de imaginar el aspecto que tendrÃa un almiar fuera de sus casillas—. ¡SerÃa un destacado óbice! —continuó milady, que era demasiado estúpida como para darse cuenta de que habÃa confundido la palabra—. ¡No ha habido óbice capaz de igualársele en Exotilandia en muchos y largos años!
—¿Y qué propones tú, cuñada? —inquirió en tono suave el rector.
Milady pataleó, lo cual fue indecoroso; y resopló, lo cual fue inelegante.
—¡No es algo para tomarse a risa! —vociferó.
—Lo consultaré con mi hermano —dijo el rector—. ¡Hermano!
—… y siete hacen ciento noventa y cuatro, que son dieciséis con dos peniques —respondió el subrector—. Anoto dos y me llevo dieciséis.
El canciller levantó las manos y las cejas, poseÃdo por la admiración.
—¡Qué dedicación al trabajo! —murmuró.