Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Nadie va a ser castigado aquí! —dijo, cogiendo a Bruno en brazos—. ¡Este es el salón de la libertad! ¿Me dejaría a los niños un segundo?

—Los niños nos abandonan, ya ve —comenté hacia Mein Herr mientras lady Muriel se los llevaba—; ¡así que los viejos tendremos que hacernos compañía mutuamente!

El anciano suspiró.

—¡Oh, bueno! Somos viejos ahora y, sin embargo, yo mismo fui niño, una vez… al menos eso creo.

No pude evitar reconocer para mis adentros que parecía desde luego una suposición bastante improbable, viendo su enmarañado cabello cano y la larga barba, que hubiera sido niño alguna vez.

—¿Le gusta la gente joven? —pregunté.

—Los jóvenes —respondió—. No exactamente los niños. Solía enseñar a jóvenes, hace muchos años, en mi querida y antigua universidad.

—No me quedé del todo con el nombre —dije a modo de indirecta.

—No lo mencioné —contestó el anciano con afabilidad—. Tampoco conocería el nombre si lo hiciese. ¡Le podría contar historias curiosas acerca de todos los cambios que he presenciado allí! Mas me temo que le aburriría.

—¡En absoluto! —negué—. Hágalo, se lo ruego. ¿Qué clase de cambios?


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